Acaba de ofrecerse publicidad del interesante curso “Aprender a convivir en una sociedad plural. Educar(nos) para los retos que plantea la diversidad cultural y religiosa”, curso que se desarrollará en el Aula Virtual de Cristianisme i Justícia. Está diseñado e impartido por el equipo de diálogo interreligioso que tiene el Servicio Jesuita Migrantes en las diferentes sedes de España. (Ver aquí)

Recordé al respecto aquella fábula sugerente para este tema: El elefante y los ciegos

Dicha fabula nos ayuda a no perder la mirada de conjunto (la ciudad o la comunidad humana construida sobre la comunión de los diferentes). Trata de aquel elefante rodeado por cinco ciegos. Uno de ellos, tocando una de sus patas, creía estar ante la columna de un templo; otro, tomando su cola, creía tener una escoba en las manos; a otro, palpando su vientre, le parecía estar bajo una gran roca; otro, dando con la trompa, se asustaba creyendo que tocaba una gran serpiente; el último, palpando sus colmillos, pensaba en la rama de un árbol. Y se ponían a discutir entre ellos sobre la certeza de su percepción y la infalibilidad de su interpretación.

No se daban cuenta de que la Realidad total es más, mucho más, que la prolongación o dilatación de una de sus partes. Ya lo remarca y bien el Papa Francisco a su manera con aquello de que «El todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas. Entonces, no hay que obsesionarse demasiado por cuestiones limitadas y particulares. Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. Pero hay que hacerlo sin evadirse, sin desarraigos. Es necesario hundir las raíces en la tierra fértil y en la historia del propio lugar, que es un don de Dios. Se trabaja en lo pequeño, en lo cercano, pero con una perspectiva más amplia. Del mismo modo, una persona que conserva su peculiaridad personal y no esconde su identidad, cuando integra cordialmente una comunidad, no se anula sino que recibe siempre nuevos estímulos para su propio desarrollo. No es ni la esfera global que anula ni la parcialidad aislada que esteriliza» (EG 235).

Aquí se aprecia el intento de tener juntos los dos polos que están mutuamente en tensión – el todo y la parte – y que en EG se los identifica con la «globalización» y la «localización» (EG, 234). La valorización de la parte, que no debe desaparecer en el todo, es representada por la figura geométrica, querida por el papa Francisco, del poliedro, en contraposición a la esfera (EG, 23) En el poliedro hay figuras múltiples que se unen por una, pero que, al mismo tiempo, conservan su forma original. Para el papa Francisco, lo ideal es vivir la unidad desde la realidad poliédrica. Nos vale también para abordar diversidad cultural y religiosa

Dice Octavio Paz en El laberinto de la soledad que «si nos encerramos en nosotros mismos, hacemos más profunda y exacerbada la conciencia de todo lo que nos separa, nos aísla y nos distingue. Y nuestra soledad aumenta». Para evitar mi soledad en este momento recuerdo que

me han pedido hablar de migraciones como punto de encuentro, como ese check point de los aeropuertos. Lo cual implica obligatoriamente volver la mirada sobre “el otro, la otra, los otros”.

Esta necesaria mirada se vehicula en el acogedor espacio para diálogo interreligioso que comienza a impulsar Pueblos Unidos en la Casa San Ignacio de Madrid, como un instrumento más en colaboración con los similares espacios de Barcelona, Valencia y Valladolid del SJM.

Hace poco paseé por tres salas de este espacio ofertado en el barrio madrileño de La Ventilla. Allí se establecen lugares de encuentros tanto formativos como espirituales desde la pluralidad religiosa para ahondar en la pedagogía de la convivencia y la tolerancia. Hoy estoy yo solo visitando el espacio gustando de la fortaleza de unos símbolos que lo decoran: una Montaña impulsadora de la búsqueda de la trascendencia, un Árbol como elemento representativo de las diferentes religiones desde el tronco común de la trascendencia, y con sus ramas expresando la distintas manifestaciones del hecho religioso, y terminando en el último rincón con el símbolo del agua y su transversal transparencia, pureza y limpieza que tanto se usa como símbolo expresivo del contacto con la divinidad en las distintas religiones

Paseé yo solo. Pero me imaginaba algunos de los encuentros que aquí – y en los otros centros similares – se producen entre personas migrantes y con gentes que trabajan con ellos. Diálogos y cruces de miradas que borren la división y el odio como a veces produce la diversidad cuando esta tendría que provocar exactamente lo contrario.

Y, visto el contexto de la diversidad migratoria en el que nos movemos sobre la acogida y el dialogo con el forastero es necesario recordar aquello que nos conecta con lo transcendente: Hacer sitio para el otro es hacer sitio para el “Otro”. El diálogo (Musulmanes, Judíos, Hindúes, Budistas, etc) es imprescindible para caer en la cuenta de que si no somos capaces de ver al otro con minúscula – en su más amplia diversidad- más difícil nos será acercarnos a lo totalmente OTRO – con mayúsculas-.

Jose Luis Pinilla Martín, SJ